Aplastante pero regocijante incertidumbre de la alborada. ¡Cuántas sensaciones puede albergar la simplicidad de los pensamientos, oxidados por la ardua imaginación que en la noche impera! Dudas, certezas, felicidad fugaz, ceño fruncido, y muchos pensamientos que desembocan siempre en la misma incógnita de mi avidez: el anhelo de Odiseo en sus intrépidas peripecias por un amor inalcanzable, por una tierra prometida por la esperanza, acorazada por la infamia de aquella niebla cegadora que tantos pretendientes conllevan en su hacer. La directriz de nuestro deseo arrollador se encuentra en constante mutación, pero siempre variando sobre un eje común; y la única manera de mover a esa base de deseo, es realmente satisfacerla y ornamentarla con la meta alcanzada. Si es la necesidad de la búsqueda de nuevos afanes la naturaleza misma del ser terrenal y material, entonces mi vida tendría que contemplarla como una nostalgia constante en busca de la felicidad. Pero ¿quién sabe distinguir sino, el camino más largo que lleva a Roma del más corto?
Caminos, sueños, odiseas… todo parece pertenecer a una fábula surreal del aire, de las hojas de un sábado de otoño al son de las cebadas consecutivas de un mate con sabor… con sabor a dulce, sabor a canela, aún más regocijante que el mismo pensamiento que lo evoca. Como la rayuela de la vida, las elecciones de las que creemos estar conscientes no son otra cosa que un reflejo, producto de nuestra psiquis condicionada y subcondicionada por quienes nos rodean, por quienes comparten ese mate con nosotros, pero que cambia de sabor a medida que da la vuelta de la vida. Pero volviendo a nuestra intención de elección, está justamente en nosotros saber canalizar los mandatos martillados en nuestro cerebro para elegir las cosas y compañías de nuestra vivencia que queremos que nuestras extremidades implícitas en nuestros sentimientos toquen.
Indago sin embargo en la gran capacidad que tenemos para la antagonía de auto preservación. ¿Por qué será que estamos genéticamente programados para responder eficazmente a los instintos más bajos de supervivencia frente a situaciones adversas que atentan contra nuestro cuerpo, si cuando a nuestra mente concierne, somos licenciados en la autodestrucción de nuestro bienestar? Es curioso cómo la fruta que elegimos de entre todas, la manzana prohibida más venenosa es la que anhelamos incondicionalmente. Es que nos regocijamos con su veneno; sucumbimos ante el éxtasis de la agonía que produce. ¿Acaso será porque sabemos que con esa droga, no seríamos vulnerables frente a un salto equivocado en la rayuela? ¿Sería verdad que es otra manera de bajar el velo a nuestra esperanza del triunfo, y así evitar caer en la desgracia para fortalecerse después de la derrota? Sin más, todas estas especulaciones pueden ser meras especulaciones para justificar la cobardía que subyace. La verdadera fortaleza esta en aprehender a nuestros tesoros más preciados, y no descansar nunca de la aventura de redescubrir siempre sus nuevos valores. Por eso mismo, con ardua fuerza y dificultad, empero mi voluntad contra mi instinto para compartir este divague y aventura de mate de sábado a la tarde de un otoño perdido en la eternidad, con sabor a canela, con mis tesoros más preciados, queridos amigos.

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